Ella baila con la rabia a punta de abrazos.
No se ríe con el viento ni miradas ni secretos.
Escondió en el armario más oscuro la suciedad de sus paredes
y los viejos de la esquina que comentan cada dedo.
Ella usa una voz casi apagada por los meses de dolor.
Y las canciones que reverberan el ruido inconsecuente.
Primitivas señales y grititos.
De la mano más cerrada (y los ojos más pintados)
(de blanco).


Ella saca la muerte amoratada y su cuerpo y los brazos.
Adivina el vuelo inerte de hojas suicidas
leyendo el camino zigzagueante de su tórrida velada.
Y flota, así, el agua y los martillos
que deforman sus rodillas.

Ella viste a dos muñecas y las quema frotándolas,
consumiéndose a sí misma
y a su fallida lucha eterna.

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